
El 26 de junio pasado se fue para siempre un gran renovador de la música argentina. Su campo de acción incluyó al piano, pero también ejerció, al mismo tiempo que su profesión de médico oftalmólogo, la crítica musical y la dirección artística de importantes radios.
Compositor e intérprete, sus amistades lo definen: Ástor Piazzolla, el “Cuchi” Leguizamón o Hugo Díaz se contaron entre quienes compartieron con este talento noches de
improvisaciones folklóricas (un género prácticamente inventado por él).
Fue Díaz, el célebre armoniquista santiagueño, el que bautizó a
estas reuniones “folkloreishons”, en irónica alusión a las jam sessions
de los músicos de jazz.
Al ver su padre las aptitudes del niño
para el piano, consiguió un profesor de lujo para el pequeño Eduardo:
comenzó a tomar clases de música con el compositor de vanguardia Juan Carlos Paz a los nueve años de edad. Pero se deslumbró con los hermanos Ábalos y selló de ahí en más su unión para toda la vida con la música de raíz
folklórica. Esta mezcla de influencias lo llevó a manejar con un total
desprejuicio la armonía y la rítmica de una música hasta entonces (y
aún, en el caso de los intérpretes más tradicionalistas) rígida y
conservadora.
Capaz de unir a Bartok con Yupanqui,
o de tomar conceptos jazzeros para acercarse a la improvisación
folklórica, tuvo además una carrera y profesión paralela con la que
también cosechó muchos logros: la de médico. Esta dualidad se mantuvo
durante toda su vida. A la par de sus giras, actuaciones, grabaciones y
de su carrera como oftalmólogo, ejerció también la crítica musical en
el diario La Prensa y en las revistas Gente y Atlántida, además de desempeñarse como director artístico de las radios El Mundo y Belgrano entre 1969 y 1972 y Municipal y Nacional entre 1983 y 1988. Además de los seis discos que grabó, siempre rodeado
de excelentes intérpretes y creadores, obtuvo dos veces el Premio Konex en la categoría Música Popular. En 1995 como instrumentista de conjunto de folklore, y en 2005 una Mención Especial.
Quedará para siempre entre los principales renovadores de la música argentina, junto a otros talentos inclasificables como Waldo de los Ríos, el Cuchi Leguizamón, Piazzola o el aún activo Manolo Juárez. Discutidos por muchos durante mucho tiempo, pero auténticos e indispensables para comprender la música popular. Una frase dicha en una entrevista concedida a Télam en 2002 lo define a la perfección: “Siempre pensé que ser folklorista no implica olvidar a los demás músicos, o desconocer a Salgán o a Bach”.
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