
El saxofonista argentino Rodrigo Domínguez respondió las preguntas que le formulamos sobre su último lanzamiento, tercer disco de su carrera. No faltan la lucidez y la madurez en este diálogo, tampoco en Presencia y Soy sauce, sus dos discos que presentamos en el mes de marzo; y con la posibilidad de tenerlos juntos en un combo* exclusivo para socios del Cub.
¿De qué manera trabajás la composición y los arreglos de los temas?
Hay diferentes encares, algunos temas salieron enteros de un tirón, otros tienen más trabajo de composición, pero todos tienen en común la idea de que sean un buen vehículo para nuestro lenguaje improvisatorio.
¿Cómo participan los demás músicos del cuarteto en la grabación de este disco?
¡Tremendamente! La música no sería lo que es si los músicos fueran otros. Este grupo tiene mucho tiempo de estar tocando, y no sólo en esta etapa; todos tocamos en muchos proyectos juntos. Hay gran empatía, y cada uno aporta su sonido y su fuerte personalidad; estoy muy contento y agradecido con ellos. Además somos muy amigos y nos divertimos mucho.
¿Qué lugar tiene la melodía en el jazz, según tu óptica? En ese contexto, ¿qué lugar ocupa la improvisación?
Bueno, la melodía, para mí, tiene dos dimensiones distintas: una es la más obvia, la literal. En ese aspecto, creo que el hecho de tocar un instrumento melódico hace que sea un elemento central en mi música. En general, la composición en mi caso surge casi siempre de una idea melódica. La otra dimensión es un poco mas abstracta: para mí, una melodía es como un ser viviente musical. Si aparece es por voluntad propia, y no se limita a ser una melodía en el sentido literal: puede ser el ritmo de algo, su saltar, resbalar, flotar, brotar, arrastrarse, zigzaguear, y otras sensaciones de movimiento, puede ser un color momentáneo dado por la combinación de eventos sonoros de un momento dado, puede ser la confluencia conjunta en un silencio inesperado... Todos estos eventos son, en cierto modo, melodías para mí. Soy muy feliz cuando aparecen. No tiene importancia el género, si no hay estos eventos, la música se me pone un poco seca. Por eso la improvisación es mi mayor interés. En ella se presentan más frecuente y profundamente para mí. También, la melodía depende mucho de la percepción, y de cuán educada esté. Por ejemplo, cuando escuchás a Charlie Parker, a veces una ráfaga de notas no parece una melodía a simple oída, pero cuando el oído gana en resolución, enseguida aparecen cosas maravillosas. A mí me interesa mucho ese oír milimétrico, la melodía oculta en el tiempo. Te obliga a estar metido, concentrado, ¡o te la perdés! No me interesa el virtuosismo en sí, pero me encanta escuchar con lupa.
¿Cuándo empezó tu relación con el instrumento (el saxo)? ¿Fue con el jazz?
Fue en el ’86, cuando lo vi a Wayne Shorter en Shams. Ya tocaba un poco la guitarra, pero fue tan fuerte, tan emocionante, ¡que no tuve opción! ¡Yo tenía que tocar eso! En esa época, entré más bien por el lado de la fusión, que era lo que se escuchaba mucho en mi entorno. El jazz más tradicional vino después.
¿Qué artistas de la escena local te conmueven con su música?
Un montón, y cada vez aparecen nuevos. Están los que admiraba con la ñata contra el vidrio cuando empecé, como el Mono Fontana, Carlos Lastra, Pepi Taveira, Enrique Norris, Dani Pérez, Diego Schissi, Juan Cruz Urquiza, y seguro que me olvido de varios. Después, los que fueron apareciendo, más o menos de mi generación, con los que crecí, como Ernesto Jodos, Natalio Sued, Ricardo Cavalli, el Colo Arredondo, Sergio Verdinelli, Jero Carmona, Mariano Otero, Carto Brandán, Juampi Carletti, Santiago Vázquez, Luis Nacht, Fernando Tarres... Uf, ¡un montón! ¡Los amigos! Y por último, los mocosos, como Sergio Wagner, Ramiro Flores, Paula Shocron, Francisco Lo Vuolo, Ale López, Carlos Álvarez, Diego Urbano, y un montón más que voy conociendo todo el tiempo, algunos estudiantes que se vienen con todo... Me alegro muchísimo de que la escena esté creciendo tanto. ¡La vamos a pasar bien en los próximos años! También hay mucha gente en otros ambientes, que me gusta mucho, y que espero poder conocer y profundizar más, como Carlos Aguirre, Mariana Baraj, Juan Quintero, Damián Bolotin, Mariano Agustoni, etc. me interesa mucho cruzar lenguajes, desde que sean sólidos en sí mismos.
¿En qué lugar pensás que te pone este trabajo?
Es una foto del momento. No pienso que me ponga en ningún lugar diferente, lo que pone o saca de un lugar a un músico no es la música en sí, sino lo que la rodea y sustenta como, digamos, actividad social. Incluso el “lugar” es una construcción, de materiales más o menos sólidos según el caso. En mi cabeza este disco es simplemente (pero nada menos que) una foto de una etapa de una investigación perenne (en el mejor de los casos). Y cada foto nueva va sumando a la foto grande. En ese sentido, estoy contento, ¡en esta foto estoy un poco mas maduro!
¿Creés que hay un lenguaje del jazz argentino, o una tradición a la cual pertenecer?
Creo que hay una dicción, una pronunciación, que se está construyendo. Pero eso no es nada raro: el que habla, ¡necesariamente pronuncia! Lo que sí nos falta en general es madurez, hablando de eso. Y no sólo a los músicos, sino también al publico, a los críticos, managers, boliches, políticas culturales... Pero ya vendrá, pienso. Primero, ¡hagamos la tarea!
¿Cómo recomendás escuchar este álbum?
¡Como quieras! Son canciones, puestas en un orden lo más llevadero posible, como un viajecito. Pero podría haber sido distinto, las canciones son autónomas, y la cohesión está dada por el grupo y el color de la composición. No es un disco conceptual, como mi disco anterior, Soy sauce. En otro sentido, a mí me gusta escuchar con buenos auriculares, por los detalles.
* podés llevarte los dos discos de R Dominguez: Soy Sauce música de L. A. Spinetta más Presencia (disco del mes) y en el combo te ahorras $6
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