Entrevista con Piglia, Nacht y Stupía donde hablan de todo y para todos los sentidos

Algunas certezas, el jazz y el arte de la incertidumbre

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Compartimos aquí las respuestas de los tres hacedores de La incertidumbre. Una obra multidisciplinaria editada por el Club y creada en combinación y con mucha libertad por el escritor Ricardo Piglia, el músico Luis Nacht y el artista plástico Eduardo Stupía. Acá develan cómo forjaron su amistad, con el vértigo y la improvisación del jazz como testigos.

Ricardo Piglia
¿Cuál es su relación con el jazz? ¿Cuándo comenzó a escucharlo?

Empecé a escuchar jazz con algunos compañeros del colegio secundario en Mar del Plata, año 1958. Habíamos formado un grupo paralelo al cineclub; el jazz y el cine venían juntos en ese tiempo. Del grupo de estudiantes surgió un cuarteto de jazz del que yo era el presentador. A la cabeza estaba el gordo Sanmartino, que era un trombonista con mucha energía y mucho swing, en el estilo de Jack Teagarden. Lo recuerdo con afecto y con dolor porque es un desaparecido. Nos juntabamos a escuchar discos y recorríamos la historia del jazz sin prejuicios. Escuchabamos a Louis Armstrong, a Bix Beiderbecke y a Dizzy Gillespie, nos gustaba el hot jazz de Nueva Orleans, el jazz blanco de Chicago y el be bop de Nueva York. Eramos eclécticos y apasionados. Esas reuniones están en mi memoria y las recuerdo con emoción.

¿Cuál fue el criterio utilizado para elegir sus textos en La incertidumbre? ¿Primó la palabra escrita, o el ritmo y sonido de la palabra hablada?

Elegí relatos que suceden en Nueva York y que fui escribiendo luego de conocer la ciudad. El estilo tiende a la elipsis, al cambio de ritmo y a la inmediatez. Participé leyendo los textos en varios conciertos del grupo de Luis Nacht. Yo leía esos textos en prosa y la música formaba parte del tono de la narración, no las acompañaba, más bien se entreveraban con la voz. Los he pensado como un homenaje a la experiencia de los escritores de la beat generation como Kerouac, que estaba muy cerca de Gerry Mulligan y Stan Getz. Una versión porteña de las relaciones entre los narradores y los músicos de jazz.

¿Qué música escucha en estos días?

Desde hace años escucho sobre todo música para piano. Me interesa la técnica y el modo de tocar de algunos pianistas, los acordes y los recorridos de los dedos sobre el teclado, se asocian misteriosamente para mí con la forma de escribir prosa usando un teclado, primero por el ruido metálico de las máquinas de escribir mecánicas y luego con la escritura fluida y apagada de la computadora. De modo que escucho básicamente a los pianistas. Glenn Gould, a Martha Argerich, Horowitz, Art Tatum, Oscar Peterson y Thelonious Monk o el Mono Villegas; los pianistas de tango como Horacio Salgán, Orlando Goñi y Osvaldo Tarantino y por supuesto los Postangos de Gerardo Gandini. También me gusta el folklore con piano de los Hermanos Ábalos. Como se ve, soy arbitrario pero sigo la actitud del coleccionista, que construye una serie personal que le da sentido a lo heterogéneo.

Hasta la gestación de este proyecto años atrás, la conexión más visible de una obra suya con la música era la ópera “La ciudad ausente”, de Gerardo Gandini. Ahora, con La incertidumbre, la interacción entre literatura, arte plástico y música es mucho más horizontal. ¿Siente que falta diálogo interdisciplinario en la actualidad?

Los escritores jóvenes y los jóvenes artistas trabajan mezclando y combinando formatos diversos. Escriben, hacen música, hacen performances o películas. Van y vienen con naturalidad, de un estilo al otro. Los escritores de mi generación tendíamos a buscar conexiones personales entre música, imágenes y literatura. En mi caso, he estado muy ligado a distintas disciplinas, pero siempre desde el lenguaje, como si el estilo, o mejor, el fraseo de la prosa, fuera el punto de unión con otras voces y otros ámbitos. La amistad, es para mí el espacio de ese diálogo. Músicos como Gerardo Gandini, Juan Mazzadi, el Tata Cedrón o Luis Nacht, han estado cerca de mi trabajo. Lo mismo puedo decir de mi amistad con León Ferrari, Eduardo Stupía, Fermín Eguía o Roberto Jacoby. He conversado mucho con ellos y hemos hecho cosas juntos. Lo mismo me ha sucedido con cineastas como Andrés DiTella, Fernando Spiner o Héctor Babenco. La amistad ha estado siempre ligada a la admiración, a la conversación y a la circulación por mundos distintos. Se aprende de los amigos y ellos son muchas veces los que hacen posible el conocimiento y la experiencia.

¿Le parece la incertidumbre más interesante que la certeza?

Me gusta la palabra, porque el sufijo in encierra una vacilación. La incertidumbre es la condición del arte, mientras que la certidumbre define el estilo -o sea, la capacidad de transmitir la convicción al lenguaje-. Siempre frágiles y un poco idiotas e irónicos, tenemos sin embargo, una certeza que se manifiesta en la forma. Seguros al decir, inseguros al pensar, mantenemos de ese modo la incertidumbre de la vida artística. Con la banda que conformamos con Stupía y Nacht, buscamos hacer ver algo de ese movimiento a la vez incierto y convencido. Las improvisaciones del grupo de Nacht y los collages de Stupía buscaban captar algo de esa experiencia. La incertidumbre nos ha unido y también la alegría de vernos y de trabajar juntos.

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Luis Nacht
¿Hasta dónde dejó que las palabras, los textos de Piglia, influenciaran o atravesaran la música instrumental?

La escritura e ideas de Ricardo hace tiempo que estan en mi imaginario, es el escritor que más me gusta leer, por su inteligencia, su prosa y erudición. No podría decir de que manera me predispone en la composición, pero sí que influye sobre aspectos sutiles al posicionarme frente al arte y el impulso creativo.

¿En qué momento, o cómo eligió los músicos y el repertorio para el disco?

El disco fue grabado poco tiempo después de decidir la incorporación de Patricio Carpossi al cuarteto. Luego de diez años de tocar en ese formato con Juan Pablo Arredondo, Jerónimo Carmona y Carto Brandán, las posibilidades tímbricas (con dos guitarristas de amplia formación) se multiplicaron para bien y quise registrar ese momento.

¿Porqué eligió a Ramiro Flores como productor del disco La incertidumbre?

Ramiro es un gran músico y amigo, quise desligarme de la elección de tomas, de estar escuchando en la cabina lo que quedaba registrado, confié en él, en sus elecciones y su sensibilidad. Además él conocía bien la música pues viene muchas veces a escucharnos en vivo. Por otro lado compartimos diferentes proyectos y grupos en los que tocamos juntos y me pareció apropiado para este caso.

¿Cree que existe cierto reflejo “jazzístico” también en las obras de Stupía que acompañan esta obra; como cierta idea lúdica o de improvisación?

Desde luego, Eduardo es un improvisador increible. Si fuese músico seguro tocaría jazz y sin duda sería genial.

¿Tiene alguna conexión musical con Ricardo Piglia y Eduardo Stupía?

Cuando nos juntamos siempre hablamos de música y músicos, compartimos gustos y amor por la escucha y la buena música.

¿Cómo ve la escena del jazz argentino actual?

La escena esta muy renovada, cada tres o cuatro años aparece una nueva camada de buenos músicos, instrumentistas y compositores; el problema es que hay pocos espacios para mostrarse, para tocar, es muy complicado circular por el país. En mi caso, hace diez años toqué en Rosario, cuatro años en Córdoba y así… Quizás no vuelva nunca a tocar por allí, y es claro también que no se trata de una música masiva.

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Eduardo Stupía
¿Cuál sería​ un​ paralelo ​posible ​del jazz en las artes plásticas?

Es apropiado que hablemos de un paralelo, porque eso inhibe la idea de cruce, que siempre parece un poco forzada. El jazz es la música de la modernidad, y en el arte moderno el lenguaje ha confirmado su separación de la fatalidad representativa para hacerse un hecho autónomo. Por otra parte, si es cierto que todas las artes tienden a la música, más aún tendríamos que pensar entonces que existe un campo común de abstracción y de formas puras sin otro contenido que el propio estatuto físico de esas formas, ya sea sonoras o visuales.

​¿Cómo es su relación con la música y la palabra?

Excepto cuando trabajo en el taller, la música me acompaña permanentemente, no sólo como oyente sino como músico, aunque en este caso de manera muy modesta. En cuanto a la palabra, siempre he estado muy cerca de la escritura, y de la literatura -de hecho, mi primera decisión, que finalmente resultó fallida, era la de ingresar a Letras y no a Bellas Artes- y habitualmente escribo con la mayor enjundia posible textos referidos a la obra de colegas. No sé cuanto de eso puede influir o estar presente de manera directa o indirecta en mi trabajo visual, pero sí sé que pensando en cuestiones literarias y musicales he dilucidado dilemas y encrucijadas de mi trabajo en el campo visual. ​

¿Qué desafío le plantearon ​en este caso ​los textos de Ricardo Piglia?

Ya habíamos trabajado juntos, Ricardo y yo, en oportunidad de la muestra y del catálogo realizado para la misma, titulada “Fragmentos de un diario” en la Galería Jorge Mara-La Ruche; que consistía precisamente en cruzar textos seleccionados de los cuantiosos Diarios de Ricardo, con trabajos míos realizados en base al collage y a lo que se conoce como técnica mixta, estrictamente a partir de los fragmentos de textos escogidos. En cambio, el desafío para esta obra consistió en no ilustrar el texto sino en adosarle un sistema gráfico que resultara por un lado afín y por otro ajeno, y que lo acompañara de manera mas o menos congruente pero bajo el imperio de la tensión y el contrapunto. La propuesta es quebrar la inercia de la vinculación directa e instalar un aparato bifronte donde cada elemento constitutivo específico se baste por si mismo pero a la vez remita al otro, requiera del otro para completarse y justificar su presencia. En el caso específico de este libro-disco, la música va a la voz y la voz a la música y la música al texto y el texto a la música y todo al collage y el collage al todo. ​

¿​La incertidumbre le dejó alguna certeza?​

Me dejó la convicción muy fuerte de que, cuanto más apertura y contaminación y ajenidad puede inducirse en el campo propio, más se concentra y reafirma la propiedad, la especificidad del mismo. ​

¿Cree que esta obra es atemporal?

Si en el arte lo temporal tiene que ver con la idea de una fecha de vencimiento para ciertos materiales semánticos, y la atemporalidad con su eventual supervivencia fuera de los límites y las lógicas de una época, el destino de esta obra será la consecuencia mixta de cómo se combinen ambas coyunturas. En el mejor de los casos, parte del material será más volátil, más sometido a la fugacidad. Otra parte se aferrara mejor a las percepciones, tendrá más persistencia y pregnancia. Tengo la impresión de que esta literatura de Piglia y esta música de Nacht son puntas de un iceberg, la proporción visible de un cuerpo mayor al cual en todo caso remiten y del cual reciben sustento. En mi caso, haber trabajado con el collage implica haber abandonado una cierta marca de identidad para apelar al resto, al retazo, al residuo caído de otros sistemas, y con eso armar patchworks que también remitan analógicamente a un cuerpo mayor. En las varias suertes de ese ida y vuelta residirá la mayor o menor persistencia de La incertidumbre.


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